¿La democracia se reduce a elecciones obligatorias?
No basta que el pueblo cada cierto tiempo asista a las urnas a sufragar, ya que necesita de otros espacios de participación y de estructuras que le aseguren dialogar y decidir sobre el futuro del país y de sus familias.
Varias opiniones y análisis emitidos sobre las pasadas elecciones señalaron que la asistencia era un triunfo para la democracia y es cierto, pero no significa que el proceso tenga un estándar democrático muy alto, por lo que la participación obligatoria con multa incluida, no puede ser utilizada para esconder las limitaciones del régimen representativo que hoy opera en Chile. Dos son las aristas desde las cuales debe centrarse el examen de los sufragios que hoy se desarrollan en el país. Una de ellas, es la elección misma y, la otra, se refiere al significado que tiene como evento decisivo en las relaciones de fuerza en el interior de la sociedad, ya que no se pueden analizar en forma aislada de los acontecimiento políticos y sociales que suceden en las diversas coyunturas de la actual etapa política.
Con relación a las votaciones, no está claro que todas y todos los candidatos se presenten con igualdad de oportunidades, porque la forma en que se ha estructurado el acto, privilegia a las y los postulantes con mayor capacidad para reunir dinero. En segundo lugar, los partidos políticos poseen mejores condiciones, ya que pueden presentar listas, por lo que es muy difícil para un independiente competir en contra de los aspirantes militantes. En tercer lugar, el apoyo de las instituciones es menor a quienes representan a los partidos pequeños, por ejemplo, los créditos de imprentas, de bancos, etc.
Las elecciones son el único espacio en el que el pueblo, pasivamente, puede tener algún nivel de decisión sobre el destino del país. Obviamente, aquello no basta para argumentar que en Chile existe un sistema democrático, porque es simple delegación.
Un cuarto factor se relaciona con la cobertura mediática, ya que todo el aparataje de comunicación pública pertenece a la clase empresarial, que funciona a favor de opciones dóciles y subordinadas a sus intereses y se manifiesta hostil con las contrarias.
El uso de medios empresariales para favorecer a determinado candidato se genera mucho antes de las elecciones, inclusive con años de anticipación, en su promoción como figura pública.
Idéntico proceso se desarrolla en un sentido inverso, cuando el objetivo es destruir una postulación. Por lo tanto, quien posea el control de la cobertura mediática antes de que se efectúen las votaciones tiene mayor posibilidad de triunfar por sobre su contrincante o superar a un compañero de lista.
Por otro lado, la otra arista, consiste en la contradicción que hay al realizar sufragios cada cierto tiempo en una sociedad con ciudadanía excluida de las decisiones que le afectan, la que funciona en espacios y a velocidades muy distintas al de los grupos de elites que manejan los asuntos del país. Sin acceso a la información de verdad y solo consumiendo datos de un aparato mediático cuya propiedad es de la clase empresarial. Además, la intermediación hacia el Estado, que generalmente era asumida por los partidos ya no existe y los movimientos sociales deben desarrollar sus propias gestiones con evidentes complicaciones, y degradándose en un feroz clientelismo que distorsiona las voluntades a la hora de sufragar por conveniencias y no por ideas.
Por ello, no basta con repetir cada cierto tiempo un rito ante las urnas, una democracia es mucho más que tal trámite obligatorio que sanciona una delegación que es simulación de representatividad, ya que nadie ejerce control sobre el candidato triunfante, solo las mafias partidarias, al final un remedo que parece una burla.