La cultura tradicional es la clave del poder blando de China
La reciente visita del presidente norteamericano Donald Trump a China fue una demostración de que China ha alcanzado una posición de poder internacional muy distinta a la que tenía durante el primer mandato de Trump. Más que lograr acuerdos espectaculares, Beijing utilizó la cumbre para proyectar una imagen de confianza estratégica, centralidad diplomática y capacidad de gestión de la rivalidad con Estados Unidos. China mostró que ya negocia con Estados Unidos desde una posición de mayor igualdad. Beijing se presentó como un centro de poder global, demostró confianza estratégica frente a la presión estadounidense, proyectó estabilidad frente a la percepción de crisis occidental, mostró que la rivalidad puede administrarse sin confrontación directa, el gigante asiático reforzó su imagen de Estado-civilización, más que negocios concretos, la visita de Trump a Beijing fue importante por lo que China logró comunicar simbólicamente. Desde la perspectiva de la narrativa estratégica china, Xi Jinping dejó claro que ya no busca simplemente integrarse al orden internacional existente; busca participar activamente en la definición de las reglas del nuevo orden mundial.
Además de Donald Trump y Vladimir Putin, durante 2026, Xi Jinping ha recibido en Beijing a un número inusualmente alto de líderes mundiales. Más de 20 jefes de Estado y de gobierno visitaron China solo en los primeros meses del año, reflejando la creciente centralidad diplomática de Beijing en el sistema internacional. Para la dirigencia china, estas visitas respaldan su visión de una “Comunidad de Destino Compartido para la Humanidad”, basada en la cooperación Sur-Sur, la reforma de la gobernanza global y una mayor participación de China en la conducción de los asuntos internacionales.
Una dimensión importante que considerar, para comprender mejor desde nuestra mirada occidental, es lo que hay detrás del intenso camino recorrido por la revolución china desde 1949. Entender las particularidades de sus contradicciones, fracasos, aciertos y la noción del presente, es considerar la cultura tradicional como clave del “poder blando de China”. La incorporación de su cultura tradicional como un componente central de su estrategia de poder blando y de proyección internacional. China comprende que la influencia global no depende únicamente del poder económico, tecnológico o militar, sino también de la capacidad de moldear percepciones, valores y narrativas internacionales. En este contexto, la cultura tradicional china se ha convertido en un instrumento estratégico destinado tanto a fortalecer la legitimidad interna como a ampliar la influencia internacional del país.
Durante la era de Mao Zedong y especialmente durante la Revolución Cultural, muchos elementos del pasado imperial y confuciano fueron considerados obstáculos para la modernización revolucionaria. Sin embargo, a partir de las reformas impulsadas por Deng Xiaoping y, sobre todo, bajo el liderazgo de Xi Jinping, la dirigencia china comenzó a considerar que el crecimiento económico por sí solo no era suficiente para garantizar cohesión social, legitimidad política y prestigio internacional. La tradición pasó entonces de ser vista como una reliquia del pasado a convertirse en activo geopolítico y una fuente de identidad nacional.
Uno de los pilares de esta estrategia es la recuperación del confucianismo como recurso diplomático y cultural. La filosofía de Confucio proporciona conceptos que encajan con la narrativa internacional promovida por Beijing, tales como armonía, cooperación,
respeto mutuo, equilibrio, responsabilidad moral y búsqueda del bien común. Estos principios aparecen frecuentemente en los discursos oficiales relacionados con la gobernanza global, el desarrollo compartido y la multipolaridad. China se basa en el confucianismo para presentarse como una potencia comprometida con la cooperación y la estabilidad, ofreciendo una alternativa a las dinámicas de confrontación propias de la política de poder tradicional occidental. De esta manera, el confucianismo se transforma en una fuente de legitimidad cultural para la política exterior china.
Otro elemento fundamental es la construcción de una narrativa de continuidad civilizacional. China se presenta como una de las civilizaciones más antiguas del mundo, con miles de años de desarrollo histórico continuo y una notable capacidad para sobrevivir a invasiones, crisis y transformaciones políticas. Esta narrativa busca proyectar una imagen de estabilidad, profundidad histórica y experiencia política. Además, refuerza la idea de China como un Estado-civilización, es decir, una entidad cuya identidad trasciende las categorías convencionales del Estado-nación moderno. Según esta visión, el ascenso actual de China no sería un fenómeno nuevo, sino el retorno de una civilización histórica a una posición central en el sistema internacional.
Los Institutos Confucio se presentan como una de las herramientas más visibles del poder blando chino. Estos centros promueven la enseñanza del idioma chino, la difusión de la cultura, buscando aumentar la familiaridad global con su idioma y valores culturales. La recuperación de la tradición también se vincula con el concepto de Tianxia (“Todo bajo el cielo”), una antigua concepción china del orden mundial. Aunque el término rara vez aparece en la diplomacia oficial, numerosos académicos encuentran similitudes entre Tianxia y la visión internacional contemporánea de China. Ambas enfatizan la cooperación por encima de la confrontación, la inclusión en las relaciones internacionales y un orden mundial basado en la interdependencia más que en la hegemonía. En este sentido, la cultura tradicional sirve de fundamento intelectual para iniciativas como la Comunidad de Destino Compartido para la Humanidad, la Iniciativa de la Franja y la Ruta y la promoción de un sistema internacional multipolar.
La dimensión interna de esta estrategia es igualmente importante. La promoción de la cultura tradicional busca fortalecer la identidad nacional, reforzar la cohesión social y legitimar el liderazgo político. El Gobierno sostiene que China puede modernizarse, innovar tecnológicamente y participar activamente en la globalización sin renunciar a sus raíces culturales.
Uno de los más importantes ideólogos de la China contemporánea, Wang Huning, presidente del Comité Nacional de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino y alto dirigente del Partido Comunista, sostiene que las grandes potencias necesitan cohesión cultural y una narrativa propia para sostener su influencia. Desde esta perspectiva, la cultura tradicional fortalece la estabilidad interna, diferencia a China de Occidente y proporciona una base ideológica para proyectar una visión alternativa del orden internacional, promueve la idea de China como un Estado-civilización, caracterizado por una continuidad histórica milenaria, una identidad cultural propia y una vía particular de modernización que no necesita reproducir el modelo político occidental. Wang reivindica la singularidad histórica y cultural china, estableciendo que se ha convertido en un instrumento geopolítico de primer orden y en uno de los recursos fundamentales mediante los cuales China busca incrementar su influencia y contribuir a moldear el orden internacional del siglo XXI.
Santiago, 31 de mayo 2026.

Luis Lizama Barrientos coordina el Área de Estudios sobre China y el Extremo Oriente del Centro de Estudios para la Democratización del Conocimiento, CEDECON, en Santiago de Chile.