“Quién los parió a los gringos que se nos vienen”
La política exterior del gobierno de derecha que asumirá el próximo 11 de marzo, estará subordinada estrechamente a la nueva estrategia de seguridad nacional establecida por Washington a fines del año pasado. Lo más decisivo será la relación asimétrica en la que Chile deberá ratificar y expandir su modelo neoliberal de economía abierta, mientras que el liderazgo en la Casa Blanca implementa una política cada vez más proteccionista e intervencionista.
¿Cómo puede darse tal situación?
Por una simple razón, hace muchas décadas que el país dejó de mantener una posición autónoma y se somete sin chistar a los designios de Estados Unidos y de las grandes corporaciones apátridas que manejan la política mundial sin gran contrapeso, al menos, hasta el momento. En tal cuadro, Chile será convertido en otro protectorado del patio trasero estadounidense.
Sin embargo, más allá de lo que puede ser la esfera económica, la futura administración de Kast tiene intención de ser parte fundamental de un eje geoestratégico en Sudamérica, en el que la constitución de un bloque ultraderechista que lideraría junto a Milei es lo fundamental.
En los últimos años, la derecha latinoamericana ha tenido problemas para establecer en forma orgánica una alianza supraestatal de largo aliento. Lo más cercano fue la iniciativa de Piñera denominada Prosur o Foro para el Progreso de Sudamérica, la que surgió como alternativa a Unasur, organismo al que consideró demasiado ideologizado. Una gran diferencia con lo que hoy parecen impulsar Milei y Kast, que sentará en la ideología su principal vínculo.
En Latinoamérica, solo el Alba, formado por Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia, más otras economías del Caribe, se había transformado en un bloque con trascendencia, el que unido a su gestión en el marco del Brics, le auguraba un gran porvenir. Pero, la situación de Bolivia y la invasión a Venezuela lo ha debilitado ostensiblemente, algo que Trump estaba buscando desde su primera administración y que pareciera haber conseguido, aunque aún es temprano para una conclusión de tal calibre, no obstante, la cruda realidad es obvia.
Es evidente que, más allá de cualquier consideración, la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos requiere de los recursos naturales estratégicos latinoamericanos y, además, en el caso chileno y argentino, su presencia en la Antártida y en el área sur del Atlántico y del Pacífico. Por ello, el grupo que lidera Trump no solo busca subordinación política y dominio económico, también tiene aspiraciones geoestratégicas y, consecuentemente, militares.
De allí, que a cargo de la política exterior haya sido nominado un duro pinochetista que tendrá la misión de ubicar en su real dimensión el acatamiento a las órdenes de Washington y, de igual manera, generar las óptimas condiciones para cumplir sus objetivos geopolíticos.
Los “nacionalistas” criollos, aquellos que cantan a viva voz la canción nacional y reafirman la existencia de una “chilenidad”, se esmerarán por adaptarse como nunca a lo que digan sus amos norteamericanos. En tal sentido, solo los sectores populares podrán defender una política de clara independencia, ya que de lo contrario su futuro es de una oscuridad total.