El Frente Amplio y la disputa del espacio socialdemócrata
La aparatosa separación del raro invento llamado “progresismo” que, a lo sumo, es solo una intención sin consistencia ideológica y sin rumbo estratégico, dejó como evidencia la soterrada discordia entre el Frente Amplio y el socialismo renovado en el copamiento del escenario de la socialdemocracia tipo europeo.
El “complejo bisagra” es muy antiguo en la política del país y generalmente ha sido un síndrome de grupos más cercanos a la llamada clase media, que acostumbrados a oscilar políticamente, se autoconvencen de tener cierta capacidad de convocatoria para moderar entre extremos y aunar a “grandes mayorías”, lo que es una simpleza difícil de sostener, en especial, en las crisis sociales, un momento en que se imponen los más fuertes y lúcidos, no siendo esto una cualidad que poseen únicamente los grupos políticos del denominado “centrismo”.
Pero, no deja de ser una tentación que generalmente se aborde desde arriba, o sea, a partir de las élites, por ello, no es extraño que estas pregonen “grandes acuerdos”, ya que dicha línea política satisface su razón de ser.
Desde que la “renovación” hegemonizó el PS, este dejó de postular la revolución y cosificó el consenso como la gran fórmula que supuestamente eclipsaba el interés de clase. Así, construían un espacio socialdemócrata nuevo en la situación política nacional. No obstante, el deseado Estado de Bienestar nunca llegó y, por el contrario, el neoliberalismo fue el único capitalismo posible.
Como respuesta a tal desplome, surgió desde las universidades un grupo jóvenes izquierdistas que rechazaron la estrategia de conciliación, pero sin asumir la ruptura, los que dieron vida a colectivos contestatarios, que con el tiempo se aunaron en el Frente Amplio, convertido hoy en partido establecido de la institucionalidad.
Asumiendo una estrategia de poder evolutiva, la que avanza desde fórmulas de resistencia hasta llegar al aparato de Estado, mediante leyes que instituyan un marco regulatorio favorable a los cambios, irrumpieron como una fuerte corriente socialdemócrata y su meta debería ser la estrecha alianza o fusión con el PS, cuya juventud es muy débil como generación de repuesto. No obstante, ambos partidos tienen solo un acercamiento formal y, si bien, compartieron gobierno y en las cúpulas de poder estatal hay ánimo de unidad, lo cierto es que se alejan las posturas y, hoy, en el nivel de la dirección nacional del socialismo democrático separan las aguas. Por tanto, la disputa del espacio socialdemócrata es inminente y, sobre todo, inexplicable. Sin embargo, así son las cosas y lo más incompresible es ver dónde se bifurcan los intereses de ambos sectores. Aparentemente, la edad de los dirigentes frenteamplistas les permite esperar que los viejos líderes socialistas democráticos fallezcan y el PS se debilite por la evidente fragilidad del recambio.
No obstante, la política no es lineal y una disputa estéril generalmente es suma cero o empate catastrófico. En tal situación, como punto central, está la falta de certeza de que, efectivamente, existe espacio viable para el capitalismo regulado, algo discutible principalmente desde el interés empresarial, aunque también desde el lado de la amplia masa que sufre los rigores del neoliberalismo.
Por tanto, todavía debe aclararse si el hipotético espacio socialdemócrata tiene suficiente amplitud, algo que el FA deberá aclarar sin sus socios naturales.