Asumir las debilidades de la izquierda latinoamericana

Nadie que en el país se reconozca como militante del movimiento popular, puede pensar que los acontecimientos de Venezuela no afectarán a la izquierda latinoamericana de manera profunda y, particularmente, a la chilena. La derrota, ojalá momentánea, del chavismo viene solo a exhibir problemas que enfrentan tanto la versión nacional popular, la democrática popular o la autodenominada progresista. Graves deficiencias que se concentran no solo en la elaboración de un proyecto alternativo al capitalismo, sino también en el análisis político de la realidad concreta, en especial, la complejidad del orden mundial y su obvia injerencia en los escenarios locales. Recurrir al lugar común se volvió una práctica frecuente, tal como sucede con la catalogación de fascistas a quienes representan hoy el enemigo principal, sin ahondar teóricamente acerca de un fenómeno mucho más complejo. Así, por ejemplo, para un militante comunista en Chile un fascista es representante de la corriente nacionalista de Donald Trump y Marco Rubio, pero para un comunista ruso o del Donbás, los fascistas son los globalistas que lideran Kamala Harris, Enmanuel Macron y el anciano George Soros. Obviamente, el fascismo existe solo como factor simbólico, ni siquiera como elemento articulador, ya que el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe, se originaron antes de que naciera Benito Mussolini.

El secuestro de Nicolás Maduro, más allá de lo operativo o los supuestos traidores, demuestra las fallas en la evaluación del momento político y del carácter del enemigo principal, cuestión que define la estrategia, táctica, aliados, tareas y recursos, entre otras cosas.

Sin embargo, el retroceso afecta a todos, nadie en las varias izquierdas de la región quedará sin que le impacten los dramáticos sucesos, inclusive aquellos cercanos al globalismo europeo, quienes señalan que “en Venezuela hay una dictadura”, sin reparar en el papel altamente intervencionista de Estados Unidos, ni abordar el problema desde la complejidad de una crisis que se desarrolla siempre al cambiar un orden social y político a escala mundial o nacional.

El revés del chavismo viene a sumarse a la división del peronismo, el descalabro del Mas de Bolivia, la obnubilación de Yamandú Orsi con Bukele, la atomización peruana, el quiebre del correísmo con los indígenas ecuatorianos, la pérdida de Libre en Honduras y la cruda derrota del oficialismo chileno, entre otros lamentables casos. Todavía proliferan grupos que asumen posturas de las disputas soviéticas de los años treinta del siglo pasado o nostálgicos del Estado de Bienestar europeo arrasado por el neoliberalismo. Entre variadas cosas, hoy necesitamos una nueva teoría de la democracia, nueva teoría del partido, nueva teoría del contrapoder y los fundamentos para una nueva economía y, sobre todo, la definición de una estrategia común para vencer al Imperio, un objetivo ineludible. De lo contrario, permaneceremos vegetando entre triunfos esperanzadores y derrotas trágicas. Si no fijamos la vista para derrotar a la clase dominante de Estados Unidos, en Latinoamérica será un cuento de nunca acabar, con el eterno recomenzar, para luego retroceder por errores propios. La fortaleza que demuestra el pueblo venezolano en esta hora, es un incentivo, para reflexionar al calor de la lucha.